Homeless
Aquella tarde de invierno, el sol escapaba suavemente de algunas nubes y se escurría violentamente entre las ramas de un pino dando lugar a las primeras sombras del día. De rodillas al piso, vislumbré mi pálido rostro en un charco escarchado, y sobre mi sucio cabello asomaban las esperanzadoras caricias del sol, restos de nieve comenzaban a caerse de pinos aledaños. Mis labios morados casi desaparecían de mi tenue boca y mi larga barba de meses me hizo pensar.
Me figuré que hacía tiempo no veía mi rostro. Intenté en vano quitar el barro que se formaba entre las arrugas de mi frente.
Sonreí, procurando diluir un poco de realidad. Contemplé mi iris y recordé el color que tenían.
A mi mente vinieron hechos y lugares donde mi sonrisa había sido protagonista de encuentros, donde mis ojos mantenían su pronunciada forma y mi cara no presentaba ningún rastro de barba excepto un delicado y prolijo mostacho. Intenté quedarme con esa imagen, pero una gota de agua resbalo de mi larga barba y produjo una onda en el charco borrando todo como si fuera una pizarra. Sentí una gran pena que padecí tener mi pecho bajo la pata de un elefante.
Me recosté en la hierba, acaricié mi barba y quedé perplejo observando las poderosas y magnificas nubes. Revisé cada uno de mis bolsillos hasta encontrar un papel lillo, y del interior de mi chaqueta saqué una pequeña bolsa que contenía pétalos de rosas molidos, las cuales enrolé cuidadosamente en el papel y fumé con displicencia.
Encontré una nube con forma de oreja de gato y recordé a Oliver, mi gato, su hermoso pelaje, el modo en que afilaba sus uñas en el sofá, como frotaba su cabeza en mis pantorrillas.
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